¿A qué le tenemos miedo en Latinoamérica?

En la actualidad, el miedo se ha convertido en el gran unificador emocional para la población de Latino América. Así como el fútbol o la política, supieron despertar pasiones entre sus habitantes, el miedo es hoy, la última gran pasión que despierta la pandemia.

Con la llegada del coronavirus al continente, los medios de comunicación supieron advertir la sintomatología del miedo y aparecieron desde que los lenguajes mediáticos, los rumores sociales y las fantasías para empezar a poblar las ciudades y las pantallas con imágenes que constantemente nos recuerdan la fragilidad de los cuerpos, la finitud de la vida y el peligro que supone un virus como el actual.

Pero eso no es todo, porque a diferencia de países del “primer mundo”, el temor en nuestro continente se funda en la sensación de lo ingobernable. Las instituciones políticas son ahora percibidas como sumamente frágiles y el colapso político y social, parece estar a la vuelta de la esquina.

Cuando hablamos de “miedo” hablamos de muchos miedos que a su vez, pueden conjugarse. Algunos de ellos son, el miedo a contagiarse -y a contagiar-, a perder el sustento, a sufrir desordenes mentales, a lo desconocido y por último, a la muerte.

Entre el miedo a morir o a contagiarse, aparece aquel referido a la vida económica y en esa trilogía del miedo, se metaboliza ese aspecto de la vida que no solo es la salud.  A su vez, al miedo clásico por la incertidumbre y la carencia económica, se le suma el miedo social por la estigmatización y se abre la posibilidad de ser despedido por ser visto como sospechoso de contagio.

El tiempo es otra cuestión que se introduce en el combo del miedo. El “no saber cuándo termina”, pese a que los gobiernos colocan fechas y etapas. Así, el futuro como imaginación, entra en escena y desbarata expectativas.  Este miedo por lo desconocido va de la mano del temor por sufrir desordenes mentales como la ansiedad o depresión ante una coyuntura que los medios viralizan como desoladora.

Se crea entonces un ciclo imaginario de contagio, donde el colapso del sistema sanitario parece inminente, hay una gran incertidumbre por la capacidad de cuidado gubernamental y el padecimiento en soledad se parece más a una guerra en las subjetividades que a una batalla entre ejércitos. 

La soledad y los vínculos

Atravezar en soledad la pandemia, muchas veces por temor a contagiar a quienes queremos, se vuelve uno de los mayores miedos. La perdida de interacción constante, ocasiona el miedo a volverse un individuo sin red de apoyo ante la tragedia y el drama.

De esta manera al padecimiento del cuerpo biológico, se incorpora el miedo a aquello que se suscita en el núcleo de los vínculos y existe cierta nostalgia por lo anterior, que gira en torno a la idea de no haber sabido valorar los “buenos tiempos”.

Las redes sociales, por lo general sirven de apoyo para los mas jóvenes, quienes en la búsqueda por sentirse menos solos, postean fotos; mientras que para los adultos mayores, los discursos en los medios de comunicación como la radio o la TV, suelen ser utilizados para hacer ruido con el fin de generar la sensación en el espectador de estar acompañado.

¿El Estado me cuida o me coarta?

Los Estados aparecen en sus versiones más potentes: coerción y cuidado, dos dimensiones que se retroalimentan. Orden y cuidado han tomado el lugar de la construcción de hegemonía política.

Pero hay fallas.

Nos cuidan a medias, ya que no tienen la vacuna ni recursos infinitos y, utilizan todo su aparato de control que, en algunos casos, se ciñe al aspecto policial. En algunas situaciones los miedos se entrelazan, y es allí donde cae la creencia en la eficacia estatal y resurgen sus dimensiones coercitivas. 

Las diferentes realidades en América Latina están atravesadas por emociones y necesidades comunes. Pese a una estandarización del discurso pandémico, los gobiernos deben batallar con realidades donde el peso de lo estatal, su músculo sanitario y su capacidad de cuidado definirán sus trayectorias a largo plazo. 

Por lo pronto la política aspira a crear -cierta- normalidad o regularidad por medio de la promesa del futuro, que siempre parece ser mejor.

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